Por Xavier Velasco
Déjenme ver si entiendo: uno se hace de izquierda porque
encuentra que el mundo está muy chueco para dejar las cosas como están. Es
decir que en principio observa, reflexiona, se informa. Nada que no se obligue
a realizar cualquiera que pretenda comprender lo que pasa antes de sugerir lo
que idealmente debería pasar o sentarse a tejer las grandes utopías.
Uno se hace de izquierda no tanto por probar su bonhomía
como por demostrarse que podría ser hoy un poco menos bruto que anteayer.
Actitud que más tarde o más temprano le acarreará el desprecio de una izquierda
embrutecida, cuando no emputecida, comandada por clérigos tan tiesos y mandones
como la ultraderecha que tanto les asusta. Uno se hace de izquierda,
finalmente, cuando la izquierda beata y regañona le cubre de invectivas y
anatemas por el pecado de pensar por sí mismo. Y es entonces que se entrega a
soñar con una izquierda digna de respeto.
Una izquierda lo bastante sensata para no replicar el
autoritarismo inquisidor de esa derecha rancia y mojigata que teme a las
palabras y miente por sistema en el nombre de dogmas de cartón que no admiten
la duda ni perdonan la desobediencia.
Una izquierda sin curas ni catecismos, donde la libertad
de pensamiento, palabra, obra y omisión no resulte motivo para santiguarse,
cuantimenos causal de excomunión (allí donde el auténtico deber moral
consistiría en pensar, no en comulgar).
Una izquierda derecha, y aún mejor: pareja, que no se
escandalice de los mismos excesos que justifica, según la filiación de quien
incurre en ellos, ni se ponga del lado de los sátrapas con coartadas aún más
cínicas y estúpidas que las empleadas por sus adversarios.
Una izquierda que entienda la obligación moral de lograr
que los medios justifiquen al fin, y en tanto ello renuncie a echar mano de
trampas evidentes y mentiras baratas en nombre de abstracciones redentoras,
como acostumbran tantos clérigos abusivos.
Una izquierda que sepa que insultar al contrario es la mejor
manera de insultarse, y que en vez de invectivas y condenas pueda esgrimir
ideas estructuradas, flexibles y probables, en lugar de una lista de artículos
de fe para el consumo de convencidos e incautos.
Una izquierda suscrita al aquí y el ahora, libre de
profecías y tierras prometidas, capaz de defender a quien lo necesite sin que
para ello cuenten creencias, procedencias, méritos anteriores ni compromisos
para el porvenir.
Una izquierda que no crea en buenos y malos, ni encuentre
recompensa en la denuncia, ni se sienta tentada a juzgar y sentenciar al tiempo
que se absuelve ante el espejo, convencida de estar delante de una Historia que
le ha dado el papel de redentora.
Una izquierda ligera y relajada, no exenta de sentido del
humor, liberada del miedo a las palabras y el culto pueblerino a la apariencia,
tan comunes entre esos extremistas persignados cuya gran vanidad está en ser
consecuentes con sus odios.
Una izquierda que invierta más de lo que gasta, y si es
posible que haga más de lo que canta; que no se dé sus gustos en lo oscuro, ni
condene a quien lo hace al descubierto; que comprenda al dinero y lo use para
bien, antes que corromper a su clientela con el pretexto de la redención.
Una izquierda decente y verosímil, dotada cuando menos
del decoro bastante para aceptar y corregir errores, en lugar de buscar
culpables a medida y ocultarse detrás de una pureza que a estas alturas nadie
les pide ni les cree.
Una izquierda que no encuentre “fascistas” donde quiera
que alguien se atreve a cuestionarla, ni se valga de gritos y condenas —las
herramientas del fascismo corriente— para que prevalezca su verdad oficial por
en-cima de todo raciocinio.
Una izquierda sin socios exclusivos, ni membresías
sujetas a feligresías, ni malas caras para los herejes, donde expresar ideas
propias y atrevidas sea no solamente permisible, sino de hecho esperable y
bienvenido como sería el caso del pan de cada día.
Una izquierda lo suficientemente humilde para aceptar
todo lo que no sabe y resistir la tentación de la arrogancia, tan socorrida
entre esos arzobispos que viven convencidos de la complicidad de Dios en el
caso concreto de su opulencia.
Una izquierda libre de narcisismo, cuya primera y
fundamental cruzada se lance en contra de la propia estupidez: enemigo temible
que vive agazapado detrás de las mejores intenciones y tarda poco o nada en
salpicarlas.
Una izquierda que merezca su nombre: tal vez sea ésa la
gran utopía.
Publicado en:
http://www.milenio.com/firmas/xavier_velasco_pronosticodelclimax/izquierda_18_264153608.html
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